Venezuela choca contra un modelo ya fracasado

Venezuela choca contra un modelo ya fracasado

Casi tres meses de protestas continuas, más de 70 muertes, centenares de presos, allanamientos a moradas, decenas de heridos, derechos humanos violentados, represión militar, procesos inconstitucionales, funcionarios públicos amenazados y la arrogancia verbal de quienes detentan el poder es el caldo donde se está cocinando una nueva Constitución en Venezuela.

En menos de mes y medio, si todo sigue como va, el país entrará en una nueva era y en otra espiral impredecible. El gobierno de Nicolás Maduro se afianzará en el poder para establecer un sistema socialista por letra de una Constitución a la medida, y se fundará un Estado Comunal con un sistema económico muy particular que afectará a las personas, las familias, las empresas y la propia estructura del Estado.

En público poco se sabe hasta ahora de lo que viene para la economía en los próximos meses y años si todo se consuma. Pero hay algunas pistas sueltas y documentadas poco estudiadas por el venezolano común y por los dirigentes políticos.

También hay muchos enunciados retóricos en floridos discursos y manifiestos, como ése de que este sistema chavista busca darnos la máxima felicidad posible (hay hasta un ministerio de la Felicidad, y no son cosas del Chigüire Bipolar).

La raíz de este proceso constituyente que impulsa Maduro a trocha y mocha está en Hugo Chávez. En 2012, cuando el presidente ganó sus últimas elecciones mientras su organismo ya era pasto de un cáncer fulminante, lanzó la orden de llevar a cabo una Asamblea Constituyente para profundizar su modelo socialista que por cierto y aunque no lo admiten públicamente, se parece mucho al vigente en la Cuba de los Castro.

Buena parte de los enunciados están contenidos en el Plan de la Patria 2013-2019, que fue convertido en Ley por la anterior Asamblea Nacional, la que estaba en manos legales del chavismo.

La propia vigencia de ese Plan, careado pelo a pelo con los resultados, demuestra que ahora vía Constituyente se pretende consagrar y atornillar una serie de ideas, enunciados y propósitos que ya han fracaso en estos cinco años en manos de Maduro, y más atrás en manos del propio Chávez.

Según ese plan lo que viene en forma es “la construcción del Socialismo Bolivariano”, en lo que fue definido por Chávez como “un programa de transición al Socialismo y de radicalización de la democracia participativa y protagónica”.

También se proponía convertir a Venezuela en país potencia, en lo económico y lo social, pero la verdad, más bien tenemos hoy un país postrado, a juzgar por los retrocesos sociales de estos años, muy bien documentados hasta en las pocas cifras oficiales que se han filtrado.

Ante el Consejo Nacional Electoral, el 11 de junio de 2012, Chávez dijo que este “Segundo Plan Socialista de Desarrollo Económico y Social de la Nación, 2013-2019 busca traspasar la barrera del no retorno y hacer irreversible el tránsito hacia el socialismo”.

“Para explicarlo con Antonio Gramsci (un ideólogo marxista), lo viejo debe terminar de morir definitivamente, para que el nacimiento de lo nuevo se manifieste en toda su plenitud”, dijo.

 

LA FIEBRE DE LOS SUPERPODERES

En los cuentos de ayer y en las películas de hoy, suele aparecer un personaje que siempre quería más alguna cosa y nunca se conformaba.

Es como un jugador, que siempre quiere más dinero para dilapidarlo y mientras más juega y pierde, más quiere que le den. Así pasa con el poder político, que como sabemos enferma de verdad verdad.

En estos cinco años Maduro ha gobernado con plenos poderes, vía una Asamblea Nacional anterior que le fue plenamente incondicional; mediante leyes habilitantes que le dieron poderes especiales para gobernar por decreto. Ha tenido todo el apoyo del PSUV, del Tribunal Supremo de Justicia, de los militares y de buena parte del chavismo original.

Desde finales de 2015, cuando perdió el sustento del Poder Legislativo, optó por anular las funciones de este parlamento y hoy por hoy gobierna sin más límites que los que pueda haber en las luchas intestinas del chavismo por el control de ciertas parcelas. “No me importa que me digan dictador” ha dicho mucho antes de que la sangre llegara al río.

Pero su gobierno no ha dado resultados, al menos en economía, como puede ser constatado preguntándole a cualquier hijo de vecino, a cualquier trabajador asalariado, o emprendedor, inclusive a cualquier chavista de base.

Ahora en esta Constituyente se van a ratificar ideologías, ideas, políticas, estrategias y formas de gobierno que ya han fracasado no sólo en Venezuela, sino hasta en Cuba, en la antigua Unión Soviética y sus satélites de Europa Oriental y hasta en China.

En propio Plan de la Patria vigente reúne los testimonios de su fracaso económico.

 

ESCRITO CON TINTA SANGRE

Entre las “Metas Nacionales” para el período que termina en 2019 establece una tasa anual de crecimiento del Producto Interno Bruto (es decir la suma total de riquezas que se produce en un año) de entre 3% y 4%, con una tasa promedio anual de inflación de 20%.

Como todos sabemos la inflación más alta del mundo navega con la frente en alto por estas tierras y según el propio gobierno (en unas cifras entregadas al Fondo Monetario Internacional) los precios subieron en promedio 274% en 2016, que se suman a 180% en 2015. Para 2017 se prevé otro salto de al menos 720%.

Sobre el PIB, las cifras oficiales filtradas muestran otra caída, de 18%, en la economía solamente en 2016.

La gran depresión económica que sufre Venezuela es tan profunda que con el otro desplome previsto para 2017, el PIB se habrá encogido en un tercio solamente en tres años.

En producción petrolera, que como sabemos es el motor y corazón de esta economía mono-dependiente, el fracaso anticipado es estruendoso en la Pdvsa socialista roja-rojita: el Plan de la Patria vigente establece que la producción de crudo tenía que ser de 3,3 millones de barriles por día en 2014, para seguir subiendo hasta seis millones de barriles por día en 2019.

Pero, según los numeritos oficiales, reportados por Venezuela a sus socios en la OPEP, la producción promedio en 2015 fue de apenas 2,654 millones de barriles diarios hasta agosto, cuando el desplome fue de 326.000 barriles respecto a los 2.980 millones extraídos al cierre de 2014.

Es técnica y financieramente imposible que el país alcance esos ambiciosos seis millones prometidos para 2019, mientras siguen creciendo las necesidades económicas de la sociedad, caen los precios del petróleo y la economía no tiene otros clavos calientes de donde agarrarse.

En enero pasado, la producción siguió cayendo en picada, hasta 2,25 millones de barriles diarios, 20.000 barriles menos que en diciembre de 2015. Es verdad que el país está obligado a reducir su producción real para cumplir con las cuotas fijadas por sus socios, pero aparte de eso su capacidad de producción está limitada y en realidad no ha cumplido con los límites.

Hay otros indicadores, sociales, que muestran este fracaso anticipado. El más evidente está en las calles y hogares de Venezuela, donde millones de personas padecen hambre y frustraciones cuando ven que sus ingresos no les alcanzan ni siquiera para comer, mucho menos para pensar en un mejor futuro para sus familias. Han caído por debajo de la línea de pobreza, o pobreza extrema y hasta ahora no hay señales de que sus situaciones vayan a cambiar en el mediano plazo.

El plan que rige el gobierno actual tenía la meta legal de reducir la pobreza hasta 15% y la pobreza extrema en 0 para el año 2019.

Hay muy pocas posibilidades de éxito, si se considera que el propio gobierno se vio obligado a esconder sus cifras porque son impresentables. Pero la encuesta Encovi, de las prestigiosas universidades Central, Simón Bolívar y Andrés Bello revelan que en 2016 la pobreza aumentó en Venezuela casi nueve puntos respecto a 2015 y hoy muerde al 81,8% de los hogares.

De esa cantidad, el porcentaje en pobreza extrema sumó el 51% en 2016.

Una vez el líder reformista chino Deng Xiaoping, que abrió la economía de China a unas reformas que ayudaron a sacar a millones de la pobreza resumió el dilema en una frase: “no importa si el gato es blanco o negro con tal de que cace ratones”.

El punto es que más allá de la retórica, de los discursos floridos, del uso de la fuerza y las mañas legalistas para imponer ideologías, lo que al final cuentan son los resultados. La economía, no importa la etiqueta que tenga, debe siempre buscar el bienestar de las mayorías y la protección de las minorías que están en desventaja social. Si no se logra esto, estamos hablando de un tiempo y un esfuerzo perdido.

 

 

Omar Lugo
@elestimulo

 

 

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