El Museo Louvre rescata el caravaggismo melancólico de Valentin de Boulogne

El Museo Louvre rescata el caravaggismo melancólico de Valentin de Boulogne

Instalado en Roma en pleno siglo XVII, cuando la pintura trataba todavía de digerir la revolución realista de Caravaggio, el francés Valentin de Boulogne reinventó ese estilo para dotarle de una dimensión psicológica y melancólica que le convirtió en uno de los más afamados artistas del momento.

Pese a su vida disoluta y su prematura muerte, su influjo impregnó a contemporáneos y grandes pinceles franceses, como trata de poner de manifiesto una exposición que podrá verse hasta el próximo 22 de mayo en el parisiense Museo de Louvre.

Valentin (1591-1632), como ha pasado a la historia del arte, "aportó tensión dramática" al claroscuro que imperaba en la época por influjo de Caravaggio, según explica el comisario de la muestra, Sébastien Allard.

Las escenas, al igual que las del lombardo, están sacadas de la vida cotidiana, a menudo del ambiente nocturno que frecuentaba junto a otros compañeros de profesión.

Hijo de un maestro vidriero francés, Valentin llegó a Roma en la segunda década del siglo XVII, poco después de la muerte del maestro del tenebrismo, una ciudad que era un hervidero artístico atizado por una iglesia que quería recuperar su grandeza frente a la reforma.

La moda consistía en imitar a Caravaggio y Valentin lo hizo tanto en el estilo pictórico como en la vida disoluta.

Lo segundo provocó que, tras una noche de juerga y orgía acabara en una fuente donde se contagió de un mal que le provocó la muerte a los 41 años.

Atrás quedó una obra que fue adquiriendo fama en su vida hasta abrirle las puertas del Vaticano de la mano del papa Urbano VIII y de la nobleza italiana, convertido en uno de los artistas predilectos de los poderosos Barberini.

Un éxito que atravesó fronteras y llegó hasta su país natal, donde el rey Luis XIV le encargó una serie de los cuatro evangelistas para decorar su habitación. Dos de esas obras cuelgan actualmente de los muros de la cámara real del palacio de Versalles y, por vez primera, la han abandonado estos días para la exposición del Louvre.

Lucen junto a otras 35, de las aproximadamente 60 que se conocen del artista, en la que es la primera retrospectiva de Valentin en más de 40 años.

La figura del artista influyó a los pintores franceses del siglo XIX, desde Gustave Courbet o Edouard Manet, antes de caer algo en el olvido, sumergido quizá, en opinión del comisario, en el océano de discípulos que dejó tras de sí Caravaggio.

La muestra de París pretende reivindicar la originalidad del artista francés, que en la estela del lombardo, introdujo dosis de innovación.

Además de dotar de un carácter más profundo a los personajes, Valentin se vio imbuido también por las corrientes que azotaban el centro artístico que era Roma en aquellos años.

Sus pinturas introducen, señala Allard, novedades en el color, por influencia veneciana, rompiendo un poco la tiranía del claroscuro caravaggiano.

En los últimos años de su vida, cuando ya era una celebridad en el panorama pictórico y el papa le encargó obras para la basílica de San Pedro, un honor reservado a muy pocos y un signo de consagración artística, Valentin refinó aun más su arte.

Sus cuadros se codeaban incluso con los de Raphael y su estilo se fue refinando, alejándose del maestro que le inspiró para hacerse más clásico, más ortodoxo.

 

Alberto Hernández

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