La gloria de una lengua

La gloria de una lengua

 

En el cruce de las décadas de los sesenta y los setenta, Occidente iba a asistir a los primeros indicios de agotamiento de un sistema de protección social y crecimiento económico que había estado vigente desde el fin de la segunda guerra mundial. Sin que lo supiéramos aún, sin que llegáramos a adivinarlo en algunos síntomas que tomábamos por accidentes superables, estaba a punto de iniciarse un nuevo ciclo en la historia del mundo, cuyos efectos últimos serían la inseguridad material, la crisis de la cultura moderna y las dificultades para mantener los pactos cívicos que edificaron la democracia parlamentaria.

España vivía aún en el tiempo adverso de una dictadura nacida en la tragedia de la guerra civil. Aquel permanente estado de excepción faltaba poco para que se cancelase, en el proceso de reconciliación nacional que viajaría, de la mano de la Transición, desde el exilio de las ilusiones colectivas al reino de la realización histórica. En los primeros envites del posmodernismo se presagiaba el desconcierto de hondas certezas afianzadas en un empeño de dos siglos, en tanto que en algunas dificultades monetarias, energéticas y comerciales empezaba a atisbarse la necrosis del mundo creado con la revolución industrial. Parecía que, como tantas veces nos sucedió en el pasado, llegaríamos al paisaje de nuestra libertad en la atmósfera turbia de las dificultades económicas y las impugnaciones de los modelos constitucionales largamente disfrutados en el mundo libre.

El acento de la América hispana

Pero, mientras ese giro se advertía en muchos pequeños avisos que hoy, al meditarlos desde nuestra perspectiva resultan tan significativos, la literatura escrita en español proporcionaba una prodigiosa reivindicación de la vigencia de Occidente. Fue la gloriosa irrupción del idioma en un espacio cultural donde se anunciaba tanta penumbra. Fue la espléndida madurez de un español expresado con el acento de la América hispana, como una resistencia de lucidez y sensibilidad, como un acantilado de calidad expresiva y de convicción lírica ante una época que pronto dudaría de la eficacia estética y del vigor moral de nuestras tradiciones literarias.

La lengua española, hecha lengua hispana por la fragua de acentos, perspectivas, experiencias y sueños innumerables, vividos en dos continentes con el mismo idioma, vibró en aquel momento crucial de la historia de Europa. Y España volvió a ser vínculo indispensable entre las orillas del océano. En el admirable taller de cultura española que fue la Barcelona próxima a la Transición, residieron dos de las figuras fundamentales de aquel impulso regenerador. Garcia Márquez cautivó con la imaginería de un mundo que brotaba, abundante y perplejo, lleno de seres que parecían llegados desde el lado más borroso del espejo de la historia. Su vida humilde y casi marginal era narrada con un caudal de palabras y una fuerza fabuladora cuya copiosa expresividad construyó un universo propio que desmentía la presunta debilidad de nuestro idioma para abordar los desafíos formales de la narrativa. (Fernando García de Cortázar). 

Alberto Hernández 

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