Por qué han sobrevivido los indios en Norteamérica

Por qué han sobrevivido los indios en Norteamérica

 

Tuvieron suerte de que fuera España el primer ocupante. Dos frailes y un reducido séquito de soldados se adentraban en cualquier amplio valle al oeste del Misisipi, y convocaban a los indios de la comarca. Mientras los soldados construían un Presidio o fuerte, los frailes, a cambio de regalos convencían a los indios para que les ayudaran a levantar una Misión, al tiempo que sembraban cultivos nuevos e introducían las primeras cabezas de ganado.

Una vez fundada, la Misión no se reducía a una iglesia y un patio, sino que contenía los elementos necesarios para hacer de ella un núcleo de desarrollo regional. Poseía talleres, huertas, campos de cultivo, potreros y corrales para el ganado, zonas de pastos, bosques maderables… así como habitaciones para alojar a los indios y sus familias, que durante los siguientes años iban a residir en la Misión.

La jornada comenzaba a las seis de la mañana, y tras una misa y la enseñanza del Evangelio, se desayunaba, tras lo cual los niños acudían a clases de castellano, de cuentas y de cultura general, y los adultos marchaban a sus trabajos. Unos, en los campos, desarrollando las nuevas labores agrícolas y ganaderas españolas; otros, en los talleres, aprendiendo oficios como la carpintería, los textiles, la albañilería o la herrería.

El almuerzo, a las doce, y luego descanso hasta las tres de la tarde. Después, hasta las seis, se reproducían los aprendizajes y labores de la mañana. A las seis de la tarde rezos y la cena, y hasta las diez el tiempo del esparcimiento: horas para la tertulia, el juego, la música, la danza o el teatro, hacia los que los indios sentían gran inclinación. Concluía la jornada a las diez, cuando se tocaba silencio. La jornada laboral nunca podía ocupar más de siete horas, y todo era conducido por dos frailes y algunos indios auxiliares ya adoctrinados.

Cuando habían transcurrido diez años, los indios ya habían asimilado el conjunto de la cultura española, y se hallaban capacitados para gobernarse de forma autónoma. La Misión se convertía en un pueblo, donde su plaza mayor sería el patio de la iglesia. Ellos mismos elegían Alcalde y gobierno municipal, correas de transmisión ante las autoridades virreinales. Y los franciscanos, cumplido su objetivo, dejaban el nuevo pueblo en manos de los indios y se trasladaban doscientos kilómetros para reproducir el proceso. Así, una y otra vez, durante doscientos años. Muchos núcleos urbanos del Suroeste de Estados Unidos han nacido así, como San Diego, San Antonio, San Francisco y otros muchos pueblos menores

Y cuando los angloamericanos, tras la salida de España ocuparon el Suroeste, no se toparon, como en el Este, con unos nativos bárbaros a los que sería fácil despojar de sus tierras y desplazarlos, sino que encontrarían pueblos civilizados, capaces de cultivar una gran panoplia de productos europeos como el trigo, las legumbres, los frutales o las vides, de las que obtenían vino; que habían aprendido a criar vacas, ovejas, cabras, cerdos, gallinas, de las que obtenían leche, huevos, lana, carne, manteca…; que confeccionaban vestidos, fabricaban objetos de carpintería o de metal, o hacían curtidos; pueblos que hablaban la lengua española, que tenían nociones de aritmética, de música, de teatro; que habían abandonado sus hechicerías, estaban bautizados y celebraban las fiestas del calendario religioso católico. Pueblos, en suma, civilizados, según lo que disponían las Ordenanzas de Poblaciones de Felipe II: «Porque el fin principal que nos mueve es la predicación y dilatación de la Fe Católica, y que los indios sean enseñados y vivan en paz y civilización». Que ese era el principal objeto de España lo prueba el hecho de que en el territorio de Estados Unidos no había oro, solo almas por convertir y cultivar.

De este modo, y con el coste en recursos que cabe imaginar, se desarrolló la colonización por España de los Estados Unidos. Y por eso quedan indios, integrados en la sociedad y económicamente pujantes, al oeste del Misisipi, ocupada por España, y apenas quedan al Este, donde colonizaron los ingleses. Quedarían también en Florida, área española, pero las más de cien misiones construidas allí por los franciscanos fueron violentamente destruidas por los colonos ingleses de Georgia y las Carolinas, con sus asoladoras razzias sobre las misiones para capturar a los indios y llevarlos como esclavos a sus plantaciones de Jamaica.

De este modo pacífico, humano, integral, sembró España la religión y la cultura en los Estados Unidos, salvando a las tribus indias de la extinción. Todo esto ha sido ignorado, y solo lo reconocen voces aisladas, como la del escritor norteamericano Maynard Geiger: «El sistema de la Misión española fue sin duda uno de los esfuerzos humanitarios más grandes que el mundo haya visto para la mejora y el desarrollo espiritual de unos pueblos atrasados y no cristianos».

Alberto Hernández 

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