Un platanazo histórico nos entierra en la pobreza

Un platanazo histórico nos entierra en la pobreza

En un país donde el kilo de arroz blanco se montó en Bs 17.000 y vale lo mismo que dos días de trabajo a salario mínimo con cesta ticket y todo, hay hambre, no importa lo que digan los políticos con poderes supremos o no.

Y si para acompañar ese arroz con un pollito decente en salsa y unas caraotas bien aliñadas hay que gastar el salario de una semana en sólo un almuerzo para seis personas, hay más hambre. La economía es un asunto tan personal que está a prueba de mentiras y manipulaciones: es una realidad tan absoluta como las matemáticas y cada quien puede constatar los precios con solo poner un pie en la calle.

Sobre las razones de esta tragedia venezolana siempre habrá versiones encontradas, especialmente desde la propaganda oficial, los comerciantes, los importadores y los intermediarios.

Pero las explicaciones son claritas: este país depende de las importaciones para casi todo lo que consume, mucho más que en el pasado porque destruyó su industria manufacturera y cortó los ciclos de producción en el campo. Los sistemas de importación y distribución que estaban en manos de privados pasaron al Estado.

Todo en nombre de una supuesta soberanía en que en realidad privilegió a productores y comerciantes de otros países, por las razones políticas o de negocios que usted quiera calcular.

Pero lo bueno de leer es que a uno no le meten gato por liebre. Por eso es bueno recordar por ejemplo que la producción de crema dental en el país estaba detenida desde marzo por falta de materia prima, según la empresa P&G, la de las marcas Colgate Palmolive, que ahora dice que reanudará su producción porque logró importar algo.

De modo que la crema dental original o pirata que usted ve por ahí a un precio equivalente a un kilo de carne es importada directamente por algunos comerciantes, con autorización del gobierno. Aquí no se mueve un kilo de harina ni un pote de champú en los puertos sin que algún agente del gobierno lo autorice.

Como muchos habrán visto, esta semana el precio del dólar innombrable se montó en niveles de escándalo, porque traerá aparejada todavía más inflación, más miseria y más incertidumbre.

No sólo el innombrable, el dólar oficial Dicom, la última esperanza para algunos, se montó esta semana en Bs 4.000, contra los Bs 713 que valía en abril pasado (casi seis veces más caro).

El profesor Steve Hanke, un experto internacional en temas de hiperinflación, calcula que el viernes la inflación en Venezuela trepó hasta 1.728%. Esto significa que en promedio desde enero pasado las cosas han aumentado ¡17 veces! su precio.

Va en línea con lo que había sido advertido a comienzos de año por economistas: que en este 2017 el costo de la vida en Venezuela subiría 2.000% y muchos dijeron: “¡No vale! Yo no creo”.

El alza del dólar tiene varias explicaciones: falta de confianza, incertidumbre, poca oferta en el mercado, alta demanda por parte de personas que quieren irse del país. Hay otra razón más grande: Estados Unidos amenaza con imponer sanciones a la industria petrolera venezolana a causa del “fraude constituyente”.

Y justamente el petróleo aporta 96 de cada 100 dólares por exportaciones que entran al país. Como tampoco tenemos fuentes de financiamiento externo porque nadie nos presta, -los mercados están convencidos de que en algún momento ya no tendremos como pagar-, ese petróleo vendido a Estados Unidos es casi la única fuente de divisas del país.

 

Platanazo histórico

Ricardo Hausmann es uno de los economistas más importantes. Es venezolano, da clases en la Escuela de Gobierno de la Universidad de Harvard, en Boston, una las más prestigiosas del mundo, donde dirige un centro de políticas públicas.

En un reciente artículo Hausmann explica que lo que ocurre en Venezuela es algo más grave que una aguda recesión (los economistas explican que una recesión ocurre cuando la economía en vez de ir hacia adelante va hacia atrás, como un camión vacío en una bajada, y en vez de producir más riqueza produce menos).

El indicador que más se usa para comparar recesiones es el PIB, (Producto Interno Bruto), o suma total de bienes y servicios que produce una economía en un período dado.

“De acuerdo al Fondo Monetario Internacional, en 2017 el PIB de Venezuela se encuentra el 35% por debajo de los niveles de 2013”, es decir, Venezuela genera un tercio menos de riqueza en que en 2013.

Ahora si se mide “per capita” dividiendo esta riqueza entre el número de habitantes del país, esta caída es de 40% (hay más bocas que alimentar y menos comida).

“Esta contracción es significativamente más aguda que la de la Gran Depresión de 1929-1933 en Estados Unidos, cuando se calcula que su PIB per cápita cayó el 28%. Es levemente más alta que el declive de Rusia (1990-1994), Cuba (1989-1993) y Albania (1989-1993)”, compara el economista.

“Dicho de otro modo, la catástrofe económica de Venezuela eclipsa cualquier otra de la historia de Estados Unidos, Europa Occidental, o el resto de América Latina”, pero las cifras venezolanas subestiman la magnitud del colapso.

“Claramente, una disminución del 40% en el PIB per cápita es un hecho muy poco frecuente. Pero en Venezuela hay varios factores que hacen que la situación sea aún peor.

“El despilfarro en la época de las vacas gordas dejó pocos activos que se pudieran liquidar en el periodo de las vacas flacas (cuando cayeron los precios del petróleo) y los mercados no estuvieron dispuestos a otorgar créditos a un prestatario con tal exceso de deuda”, señala Hausmann.

Para seguir pagando su deuda externa, el gobierno decidió recortar las importaciones del país en 75% en términos reales (descontada la inflación) entre 2012 y 2016, con un declive aún mayor en 2017, explica, “mayor que todos los otros colapsos de las importaciones ocurridos en cuatro años en el mundo desde 1960”. 

Es decir, ningún otro país aplicó un frenazo de ese tamaño- en sus importaciones. Y mire que aquí dependemos mucho de las importaciones.

“Debido a que esta disminución de las importaciones que impuso el gobierno creó una escasez de materias primas y de insumos intermedios, el colapso de la agricultura y de la manufactura fue todavía peor que el del PIB total, con lo que los bienes de consumo de producción local cayeron en casi US$1.000 per cápita en los últimos 4 años”.

“Inevitablemente el nivel de vida también ha colapsado. El sueldo mínimo –el que en Venezuela también es el ingreso del trabajador promedio debido al alto número de personas que lo recibe– bajó el 75% (en precios constantes) entre mayo de 2012 y mayo de 2017.

Medida en dólares del mercado negro, la reducción fue del 88%, de US$295 a solo US$36 al mes.

“Medido en términos de la caloría más barata disponible, el sueldo mínimo cayó de 52.854 calorías diarias a solo 7.005 durante el mismo periodo, una disminución del 86,7% e insuficiente para alimentar a una familia de cinco personas, suponiendo que todo el ingreso se destine a comprar la caloría más barata. Con su sueldo mínimo, los venezolanos pueden adquirir menos de un quinto de los alimentos que los colombianos, tradicionalmente más pobres, pueden comprar con el suyo”.

La pobreza aumentó del 48% en 2014 al 82% en 2016, según un estudio realizado por las tres universidades venezolanas de mayor prestigio (encuesta Encovi de la UCV, UCAB y Simón Bolívar). En este mismo estudio se descubrió que el 74% de los venezolanos había bajado un promedio de 8,6 kilos de peso de manera involuntaria, reseña el experto.

“El Observatorio Venezolano de la Salud informa que en 2016 la mortalidad de los pacientes internados se multiplicó por diez, y que la muerte de recién nacidos en hospitales se multiplicó por cien. No obstante, el gobierno de Nicolás Maduro repetidamente ha rechazado ofertas de asistencia humanitaria”, dice el artículo.

La respuesta oficial a este panorama es ignorar que existe. De hecho la flamante presidenta de la Asamblea Constituyente, Delcy Rodríguez, acaba de decir que en Venezuela “no hay hambre” como si la frase bastase para conjurar una tragedia palpable.

Por cierto, hay que recordar que la Constituyente solo trae estrategias políticas para atornillar un sistema socialista cuyos resultados hasta hora cualquiera puede constatar. No se habla de verdaderas estrategias de fondo, estructurales, para resolver la peor tragedia económica en la historia de Venezuela.

Omar Lugo

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