Por qué estamos ahogados en esta pavorosa hiperinflación

Por qué estamos ahogados en esta pavorosa hiperinflación

La escalada constante y furiosa de los precios ha sumido a millones de venezolanos en la pobreza y la frustración. Salir a comprar aunque sea una canilla de pan o unos zapatos para los muchachos, es un trago amargo que nos reafirma cómo nuestro esfuerzo, trabajo, educación y capacidad de ganar dinero han sido destruidos por un fenómeno que no tiene fin en el horizonte.

Venezuela es el único país del mundo –en tiempos de paz o de guerra- donde los precios han subido de forma tan acelerada y constante en los últimos años. Para este 2017 se espera que lo hagan en torno a 1.000%, según economistas independientes.

 

Para 2018 la tragedia continuará y el alza será de 2.349%, prevé el Fondo Monetario Internacional (FMI). Esto significa que en promedio las cosas costarán 23 veces más que en 2017.

Una arepa que todavía hoy se consigue en Bs 10.000 en las cuadras del hambre, costará Bs 230.000 en 12 meses y un par de zapaticos que hoy están en unos Bs 200.000 costarán a comienzos del próximo año escolar más de cuatro millones de bolívares.

 

A estas cifras nos apegamos como muy creíbles, pues si las oficiales fueran más favorables ya el gobierno, a través de su moroso Banco Central, habría respondido con las suyas. Pero las oculta desde 2013, para evitar la vergüenza de reconocer la derrota de un modelo “socialista” fracasado.

Suena horroroso. Pero a eso nos enfrentamos. Es esa la tendencia clara en ausencia de políticas económicas para frenar esta pesadilla que acaba con la dignidad y las esperanzas de un país entero.

 

No hay evidencias de que alguien esté haciendo algo serio para frenar este desastre, para atacar las causas reales, fundamentales de esta ya hiperinflación que se ha instalado en la vida cotidiana con la naturalidad de los apagones, de las troneras en las calles, de una de las tres mayores tasas de asesinatos del mundo por cada 100.000 habitantes, de las colas, la escasez y las devaluaciones permanentes.

 

Bajados de la mula   

 

La inflación suele venir de dos frentes: costos y demanda. En esta Venezuela inverosímil se combinan ambos.

Por una parte, los costos de producción suben porque por cada día está más caro el dólar para los componentes importados usados en la industria y el comercio. Y el dólar sigue subiendo -junto con las expectativas negativas- por la falta de políticas económicas creíbles, confiables, sinceras y acertadas.

 

Pero suben también otros costos, como los salariales, con los permanentes aumentos vía decretos que tiene la propiedad de hacer que la gente tenga menos ingreso real aunque cada vez recibe mayores pacas de dinero. Otros costos esenciales, como las tarifas de electricidad, agua y aseo urbano siguen en alza aunque se mantienen todavía desfasadas tras años de irresponsables subsidios y congelación.

Suben los impuestos con los que el gobierno confisca hasta la renta que no existe.

 

Constantemente las empresas y personas son exprimidas por el sistema para sacarles más plata, no de una manera franca aumentando la tasa de los tributos, sino a través de la inflación.

Por ejemplo, con la Unidad Tributaria (UT). La Constitución y las leyes ordenan que cada año la UT sea ajustada proporcionalmente a la inflación. Pero el gobierno no lo hace, de modo que a través del Seniat le quita a la gente un dinero que no tiene…como hacían los tiranos contra los campesinos pobres en las películas de historias medievales.

 

El gobierno venezolano es Hood Robin: le quita a los más pobres para favorecer a los más ricos.

Por ejemplo, cuando una persona natural declara su impuesto sobre la renta (ISLR) la ley establece que entre los desgravámenes tiene derecho a descontar lo pagado por alquiler o hipotecas de vivienda principal y que el límite máximo de esa condescendencia es de 800 y 1.000 unidades tributarias por año, respectivamente.

 

Como la UT ha quedado rezagada por la mentira oficial y la inflación real, eso significa que el contribuyente solo puede descontar el equivalente a Bs 300.000 por ejercicio fiscal anual por este concepto fundamental. Solo hace falta asomarse a unos anuncios clasificados para saber que en Venezuela desde hace años no hay ni un puesto callejero de café que pague Bs 20.000 mensuales.

Si en la declaración estimada o definitiva del ISLR el contribuyente opta por el desgravamen único, que es de 750 unidades tributarias, tiene derecho a que se le reconozcan gastos por apenas Bs 225.000 en el año fiscal. Resulta que cualquier limpieza de dentadura o cualquier paquete de cuadernos ya supera ese valor.

 

La inflación también pulveriza el patrimonio real de las familias por la vía de la depreciación, porque las propiedades, desde una casita hasta un carro y un terreno, pierden valor en términos reales y en moneda dura, aunque sus precios ilusorios sigan inflándose y el gobierno los peche con furia a través del Seniat.

 

De donde viene el monstruo

 

Pero ésa no es esa la única forma en la que el gobierno nos confisca.

Lo hace cada día, cuando tenemos que pagar cada vez más alto un IVA que se multiplica junto con los precios; o cuando las empresas en las que trabajamos tienen que destinar montos cada vez mayores para intentar cumplir con los costos salariales y con la docena de impuestos y contribuciones que les exige el sistema, que las deja sin flujo de caja ni excedentes para mejorar las condiciones reales de los trabajadores.

 

Dinero trae dinero y la belleza atrae belleza. Pero en este caso inflación trae más inflación y pobreza, más pobreza. Como la producción y la productividad no crecen al mismo ritmo que los aumentos salariales, las tarifas, los impuestos y la emisión monetaria, cada vez hay más dinero en la calle corriendo atrás de la cantidad menor de bienes disponibles. Y aquí opera la ley de la oferta y la demanda, con su presión permanente sobre los precios.

 

Si en un plato de una balanza usted pone un fajo cada vez mayor de dinero y en el otro plato está el mismo kilito de caraotas, el peso de ese dinero inútil hará elevarse el otro lado de la balanza.

Esa liquidez (monedas y billetes, cuentas corrientes o de ahorro que usamos directamente para pagar un café o un mercado, dinero en sentido estricto) ha crecido en un temible 600% en un año, 8,8% en la última semana y casi 15% en 15 días.

 

Y en los últimos tres años, la producción de bienes y servicios -de riqueza, pues- en Venezuela se ha encogido en un tercio. Es lo que llaman el PIB. La ecuación es sencilla: hay más dinero suelto y menos cosas que comprar, es explica ese auge desmedido de los precios que apenas está comenzando. Y explica por cierto por qué el dólar paralelo –el único disponible ya desde que se acabaron las subastas Dicom- ha dado el salto exponencial en un año.

 

Falta aclarar que estamos inundados de bolívares sin valor porque el gobierno sigue gastando más de lo que recibe. Pero a diferencia de cualquier ama de casa que tiene las tarjetas reventadas, que está cansada de pedirle plata a los suegros y que ya no puede ni montarse en taxi, el gobierno sí tiene de donde sacar plata (de mentira): imprime, emite cada vez más dinero para cubrir un enorme déficit fiscal que crece como la espuma. También emite bonos y obliga a la banca pública y privada a que se los compre.

 

“La inflación es siempre y en todas partes un fenómeno monetario en el sentido de que no puede producirse sin un incremento más rápido en la cantidad de dinero que en la producción”, decía el economista Milton Friedman y nos lo recuerda Niall Ferguson en su libro “El Triunfo del Dinero”.

“Pero la hiperinflación es siempre y en todas partes un fenómeno político en el sentido de que no puede producirse sin una disfunción fundamental de la economía política de un país”, remata Ferguson.

 

En Venezuela, diremos, esa disfunción es la de un gobierno que gasta sin control y sin rendir cuentas; que emite dinero como cotufas; que no propicia ni da confianza jurídica a la inversión privada y a la productividad; que ha permitido que el campo quede en manos de bandoleros que han dejado un cementerio de propiedades improductivas, mientras privilegia importaciones que ya no puede pagar; que ha permitido que Pdvsa, la ex cuarta mayor empresa petrolera del mundo, haya quedado como una gallina flaca y extenuada, mientras todo el país depende como nunca antes en su historia de una producción petrolera que sólo en el último año se ha hundido más de 20%. La inflación y su endemoniada hija, la hiperinflación, no son huérfanas. Tienen nombres y apellidos.

Omar Lugo 

Deja un comentario