PROPAGANDA NO ES SOLUCIÓN

PROPAGANDA NO ES SOLUCIÓN

La propaganda no sustituye las políticas públicas. Por muy bien hecha y eficaz que sea, nada tiene que ver con los problemas reales de la gente de carne y hueso. Y si su base es falsa, le pasa como a toda mentira que tiene piernas cortas. Las primeras víctimas de la mentira, por cierto, son los mentirosos que las propagan, porque acaban creyéndoselas para convencer a los incautos, a quienes en el fondo desprecian. Máxime si el mentiroso de marras está en el círculo más exclusivo y alto del poder, porque no vive la vida del resto de los mortales sino una como de cuña de perfume o carros de carreras, supongo que de Ferrari, no por el cavallino rampante sino por el color rojo que le es emblemático. Lo digo para que si usted conoce a alguien así se lo advierta junto a esta copla: “No te remontes tan alto/prenda de tanto valor/que al árbol que más se eleva/le tumba el viento la flor.”

Es supersticiosa la fe en la propaganda como sustituta de la realidad. Cualquier impresión basada en información falsa o incompleta no tarda en esfumarse y el desengaño puede cobrar caro, incluso carísimo. A Abraham Lincoln, quien no había estudiado sicología ni psiquiatría, pero como político experimentado y estadista probado comprendía la condición humana y respetaba su dignidad, se le atribuye la frase “Usted puede engañar a todos algún tiempo o puede engañar a algunos todo el tiempo, lo que no puede es engañar a todo el mundo todo el tiempo”.

Las dictaduras, máxime las totalitarias, priorizan la propaganda por sobre cualquier otra rama de gestión del poder, con la probable excepción de la represión. Y no es de extrañarse, pues puede ser una forma masiva de encuadramiento social y un modo de sustituir la represión o, directamente, de reprimir. Como en su obsesión de mando lo instrumentalizan todo, amor y odio, miedo y seguridad, necesidad y satisfacción, logro o envidia, lo mismo ensayan con actividades humanas de impacto en la mente colectiva, como el deporte o las artes. Stalin consideraba a los escritores como “ingenieros de almas”.

Mano derecha de Hitler era el Dr. Joseph Goebbles, Ministro de Ilustración Pública y Propaganda, tan culto e inteligente como acomplejado y narcisista. En cambio, Adenauer, gran demócrata, para reconstruir su patria arruinada por el Nacionalsocialismo, confió en Ludwig Erhard, brillante economista. Será por eso que éste está en la memoria agradecida de su pueblo y aquel es su vergüenza.

 

Ramón Guillermo Aveledo

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