Aunque usted no lo crea… ahora es que viene lo malo

Aunque usted no lo crea… ahora es que viene lo malo

 

Por estos tiempos en más imposible que nunca abordar la economía de la gente común, a la que va dirigida esta columna, sin referirse a los temas de la alta política.

 

Es que el escenario para el trabajador, el emprendedor, el empresario, el desempleado, el ama de casa, los estudiantes, es hoy tan macabro como una farmacia sin medicinas, una cola para comprar el pan, una tarjeta de débito vacía un día de mercado, o como la morgue de la ciudad el lunes por la mañana.

 

Como esta no es una columna de autoayuda, no podemos decir ahora que eventualmente todo va a estar bien y que las horas más oscuras son justo las de antes del amanecer.

 

De esta forma uno ayuda a que la gente se ponga las pilas, se amarre a los mástiles del barco, clavetee las puertas y ventanas como si se aproximara un huracán de película, guarde agua y bastimentos en el sótano, se suba a la montaña más cercana con sus animales de corral, para escapar de la inundación, cobije a sus mascotas, mantenga el tanque de gasolina lleno, tenga agua filtrada, efectivo en el bolsillo y velas a mano, para rezar por si hay apagones.

 

Es verdad, se nos fue la mano, esto tampoco es una película de Hollywood sobre desastres, aunque se parece mucho cuando uno comprime los tiempos dramáticos y narrativos, o le cuenta a alguien en el exterior lo que estamos pasando.

 

De literatura

 

“La tercera ola”, ese es el título de un libro de Alvin Tofler, futurólogo, famoso en los años 70` y 80` por describir el impacto que tendría la tecnología y el uso intensivo de la energía en las sociedades por venir, estos donde estamos ahora.

 

Pero no hay que ir tan lejos, para efectos del cuento que estamos echando, nos atrevemos a sonar las sirenas, darle a los tambores, pegar cuatro lecos, tocar puertas y ventanas y armar un zafarrancho: todo para avisar que se nos viene encima en los próximos meses una tercera ola de más hiper inflación, más depresión económica, más escasez, menos producción, menos empleo y más turbulencia económica, política y social.

 

Todas las evidencias indican que esto se agravará porque nadie está haciendo nada para resolver la situación. La única respuesta de quienes ostentan el poder es abolir la Constitución de 1999, donde por cierto están escritos todos los buenos propósitos para evitar que estas cosas sigan ocurriendo.

 

Es más, están escritos todos los artículos cuyo respeto hubiera evitado este desastre. Allí hay prescrito desde el respeto por la autonomía del Banco Central y la propiedad privada, hasta el pago justo por cualquier expropiación de bienes, seguida de un juicio también justo.

 

Pero esa Constitución donde además se establece lo sagrado del derecho a la vida y a la morada es letra muerta desde hace tiempo.

 

Ahora la respuesta a la peor crisis de nuestra historia es una nueva constituyente, que mientras se instala a trocha y mocha y hace su trabajo por encargo, significará una parálisis mayor para esta economía ya en coma.

 

Lo peor es que todavía están flotando los escombros de lo que nuestro amigo el economista Pedro Palma llama un “tsunami cambiario”, un escenario que el avisó en 2013 que vendría, pero nadie le paró mucho.

 

Esa ola devastadora fue provocada por las macro devaluaciones aplicadas por el gobierno desde que comenzaron a caer los precios del petróleo y a falta de otros fondos para mantener la oferta populista, el Banco Central se ha dedicado a imprimir masivamente billetes que hoy día son tan inútiles que hasta hubo que eliminar el cono monetario anterior. Hoy todos andamos confundidos porque los mismos próceres y animalitos silvestres en extinción (como la vida que conocíamos) de los billetes anteriores, están barajados con nuevos colores, muchos más ceros, pero con mucho menos capacidad de compra que cuando aparecieron por primera vez hace pocos años con el pretensioso nombre de “bolívar fuerte”.

 

Ni en la punta de los pies

Cuando uno se mete en aguas borrascosas, como las de las playas de Cuyagua, más bien buenas para surfistas, tiene que aprender a saltar olas, en las punticas de los pies, para mantenerse flotando y con los pulmones bien ventilados y no ser arrastrado por la corriente ni revolcado por las olas.

Pero en la economía actual, ni que nos bañemos con zancos.

 

La ola que ya estamos viviendo, es tan devastadora que puede barrernos hasta la arena, o, si no nos ponemos las pilas, hundirnos en el mar.

 

El problema mayor es que no se trata de una sola ola, sino de una sucesión de olas cada vez más grandes y fuertes, a las que nos hemos venido adaptando, como quien navega en un diluvio. Pero puede llegar un punto en que el huracán sube de intensidad y también el grado de alerta. Por eso es mejor nadar con salvavidas, sin perder la costa de vista y sin meterse mucho para lo hondo.

 

Como olas, las crisis para la gente común se han sucedido con tanta frecuencia e intensidad, que nos hemos adaptado a lo cada vez peor. Se ha formado como capas de problemas tras problemas y se ha sedimentado, se han endurecido, como el semblante de madres angustiadas cada vez que un hijo se le escapa a protestar en la calle.

 

Pero están ahí como cubiertas una tras otra: la crisis del sistema de salud; del circuito de abastecimiento y producción; de las industrias y comercios sin dólares, sin materia prima y sin inventarios; la crisis de las familias que dependen de salarios que solo alcanzan para medio comprar comida; de los enfermos y sus amigos y parientes que no encuentran remedios  ni tratamiento; del campo, azotado por el crimen y la falta de semillas, fertilizantes y remedios para animales; de la industria petrolera, con su producción menguante, en medio de un escenario internacional de bajos precios del crudo…

 

Son algunas de las olas que nos ha revolcado, pero lo peor todavía podría estar por venir y ojalá nos equivoquemos. Aunque es mejor advertirlo y que no ocurra nada, a quedarse callado para no quedar por pavoso de mal agüero y después ver los cuerpos arrastrados hasta la orilla.

 

Como en meteorología, hay algunas señales en el aire, en la presión atmosférica, en la dirección de los vientos, en la alta temperatura que ayudan a levantar las banderas de alerta. Hay además una serie de hechos comunicacionales, públicos y notorios –como dicen los abogados- que nos ayuda a unir los puntos, o juntar las piezas del rompecabezas para trazar la figura más aproximada.

 

Solamente en el último mes, el tipo de cambio Dicom se ha devaluado en cerca de ¡80%! Esa es una cifra espantosa, porque se supone que esa es la tasa de cambio que cuenta para la mayor parte de las importaciones oficiales del país, ya que el otro, el de Bs 10 sólo se usa para comprar medicinas, alimentos CLAP y armas.

 

Pero ya hemos visto como tanto las bolsas de Mercal, como las medicinas para la tensión y las armas de los asaltantes de barrio se han disparado a precios más cercanos al mercado paralelo, donde el dólar supera Bs 8.300 esta semana.

 

Cuando sube el dólar en cualquiera de sus mercados, ocurre como cuando llueve fuerte en las cabeceras de un río en las montañas: tarde o temprano el agua acumulada vendrá cuesta abajo, con toneladas de sedimentos, piedras, palos y barro, para llevarse por delante a cualquier pueblo o ciudad que encuentre a su paso, o a cualquier desprevenido excursionista que no se haya dado cuenta del mundo en que está viviendo.

 

Otras pequeñeces 

En este país tan dependiente del dólar y las importaciones, no es solo por esa vía directa que vienen los problemas. También se encarecen los productos nacionales –casi todos- que tienen componentes importados.

 

La gente se queja porque las hortalizas y los huevos no son importados y también suben de precio. Pero nos olvidamos que las semillas, los químicos para matar las plagas, buena parte de los compuestos de los fertilizantes, los alimentos concentrados, y por su puesto los cauchos y repuestos para los camiones que llevan esa comida a las mesas, son importados.

 

De todas todas, o nos agarra el tsunami de la playa, o nos arrastran inundaciones provocadas por quienes detonan cada día bombas económicas, políticas y militares en las cabeceras de estos ríos ya crecidos. 

 Economia para la gente

Omar Lugo

Elestimulo.com

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